365 o 730 días separan a una persona de 17 o 16 años de la “autonomía” legal de los 18. De las palabras de la senadora Jacqueline Van Rysselberghe sobre adolescentes y cambio de sexo, publicadas recientemente por La Segunda, se puede inferir que ese período es suficiente para “madurar” y estar capacitado para tomar decisiones trascendentales, como por acto de magia.

La autoridad está validando así un discurso que afecta la convivencia social, ya que excluye de las decisiones a un grupo de la población, al que luego se le pide que se responsabilice y participe cuando los adultos consideran que ya son necesarios. Según la 8va Encuesta Nacional de Juventud un 16% de los jóvenes se ha sentido discriminado por alguien que ejerce un rol de autoridad. Se trata de una actitud que en nuestros 11 años de experiencia de trabajo con jóvenes hemos observado recurrentemente y que a nuestro juicio debe visibilizarse como una forma de violencia basada en una supuesta superioridad de la condición “adulta”, para que esta deje de considerarse normal.

En Fundación Semilla entendemos que el antónimo de violencia es convivencia y para lograrla tenemos que ser capaces de ser empáticos con el otro, independiente de su edad, disminuyendo las brechas generacionales a través de la participación y la autonomía de las y los jóvenes, ya que ellos no son el futuro sino que son el presente.

Nicolás Nieto

Coordinador de investigación, Fundación Semilla